La Bandera Vinotinto
- La Herida Cerrada de la Nación Venezolana.

La Bandera Vinotinto, propuesta por Benito Nieves, nace de una lectura profunda del cuerpo simbólico de Venezuela, no como consigna política sino como organismo histórico y humano. El vinotinto no es un color estético, es la sangre seca después de una herida abierta, la prueba de que el dolor existió y marcó al país, pero también la señal de que ya no sangra.
Durante años, el rojo fue utilizado deliberadamente por Hugo Chávez como herramienta de manipulación emocional y simbólica, el rojo mantenía la herida viva, exaltaba el conflicto, romantizaba el sacrificio permanente y convertía el dolor colectivo en mecanismo de poder.
No era un rojo de sanación, sino de agitación constante, no cerraba la herida, la reabría, porque una nación sangrando es más fácil de dominar que una nación consciente.

El vinotinto, en contraste, representa el cierre, la coagulación y la cicatriz. Es la sangre que ya cumplió su función, doler, advertir y retirarse para permitir la reconstrucción. Esta bandera encarna a una nueva generación mental de venezolanos que no niega la historia ni el daño sufrido, pero que se rehúsa a seguir siendo gobernada desde la herida.
Es una generación que reconoce el trauma sin convertirlo en identidad, que deja atrás el caos emocional inducido para construir carácter, valores, orden, economía y responsabilidad. El paso del rojo al vinotinto es el paso de la manipulación al criterio, de la rabia a la conciencia.

La fusión de los tres colores tradicionales en un solo tono expresa una verdad profunda, Venezuela ya no necesita fragmentarse en discursos ni bandos emocionales, sino integrarse en una identidad madura.
El amarillo, el azul y el rojo dejan de competir y se reconcilian en una sola conciencia nacional, mientras las siete estrellas blancas permanecen como guía, no como grito ideológico sino como orientación silenciosa.
Esta no es una bandera de revancha ni de confrontación, es una bandera de sanación nacional, de un país que decide dejar de sangrar para empezar a vivir, que comprende que el futuro no se construye desde heridas abiertas manipuladas, sino desde cicatrices asumidas, conscientes y transformadas.

La Resignificación del Símbolo
Cambiar o resignificar los símbolos patrios no es un capricho estético, es un acto de reordenamiento psicológico, moral y cultural. Los símbolos no solo representan a una nación, programan cómo una sociedad se percibe a sí misma.
Cuando un país atraviesa una ruptura histórica profunda, trauma, manipulación ideológica, colapso institucional, los símbolos heredados pueden quedar contaminados por el uso político, perdiendo su función de unión y convirtiéndose en recordatorios permanentes del conflicto.
En ese punto, actualizar el símbolo no borra la historia, la metaboliza. Es la diferencia entre una herida abierta y una cicatriz consciente.

En el caso de Venezuela, el uso del rojo fue intensificado y convertido en herramienta emocional durante el chavismo, un color asociado a lucha, sacrificio y confrontación constante.
Al ser utilizado de forma obsesiva, el rojo dejó de representar vida y pasó a normalizar el estado de herida permanente, manteniendo a la sociedad en tensión emocional y dependencia simbólica del conflicto.
La bandera vinotinto propone lo contrario, no niega la sangre, pero la presenta coagulada, cerrada, sanada. Es la unión de los tres colores en una sola conciencia madura, una señal de que el país puede recordar sin sangrar, avanzar sin negar su pasado.

La historia demuestra que los grandes renacimientos nacionales siempre vienen acompañados de cambios simbólicos. Francia redefinió su bandera y sus emblemas tras la Revolución para romper con la monarquía absoluta, Alemania abandonó los símbolos del Tercer Reich después de la Segunda Guerra Mundial para reconstruir su identidad ética.
Sudáfrica creó una nueva bandera tras el apartheid para integrar razas y memorias en un solo proyecto nacional, Rusia sustituyó la simbología soviética tras la caída de la URSS para marcar el fin de una era ideológica.
En todos los casos, el símbolo cambió porque la conciencia debía cambiar primero. Venezuela no sería la excepción: resignificar sus símbolos es una forma de decirle al mundo y a sí misma, que ya no vive desde la herida, sino desde la cicatriz, desde el carácter, la responsabilidad y la reconstrucción real.
Los países no se reconstruyen solo con leyes o economías, sino con símbolos que estén a la altura de su nueva conciencia. Cambiar el símbolo es cambiar el relato interno. Y sin un nuevo relato, ningún país logra un nuevo rumbo.